De todos los futbolistas que actualmente militan en la Liga MX, ninguno es blanco de tantas críticas y burlas como Miguel Layún. Pocos son también los que con la sola mención de su nombre generan tantas conversaciones como el joven veracruzano.
Como ejemplo de lo anterior está lo sucedido la semana pasada en la página de Facebook de este blog, donde un par de líneas sobre su convocatoria a la selección nacional provocaron una ráfaga de comentarios negativos en tiempo récord. La mayoría cuestionaban su incorporación al Tri, cuando no lo tildaban de “tronco”, "muerto” y pendejo.
Lo de llamar la atención es que el grueso de los comentarios no vino de cruzazulinos dolidos por lo que ya todos sabemos, ni de anti-americanistas. De hecho hubo por lo menos un par que pertenecían a aficionados azulcremas que si bien reconocían el valor de Layún por haber tirado el penal del gane en la final, también ponían en tela de juicio su talento como futbolista.
De que Miguel Layún no es ningún crack y está a kilómetros de distancia ya no digamos de Messi o Ronaldo sino de jugadores en su misma liga y posición como Fuentes y Alderete, no existe ninguna duda. Pero de ahí a que sea el peor futbolista en la Liga hay una gran diferencia.
Entonces ¿por qué se le critica con más ferocidad y acidez que a cualquier otro futbolista? ¿Qué nos hace repetir su nombre en tono de burla cuando algún jugador en una cáscara dominical o un partido por TV comete un error grotesco?
Para contestar lo anterior hay que remontarnos a nuestra infancia.
Resulta que la primer fantasía que todos los pamboleros tuvimos de niños fue ser futbolistas profesionales. Después vinieron las chichis de la maestra en secundaria, manejar un coche propio, más chichis, viajar, formar una familia y hacer algo de dinero.
Con el paso del tiempo casi todos logramos cumplir por lo menos una de las fantasías posteriores mientras que muy pocos, si acaso el .01%, lograron hacer realidad la primera. El resto nos volvimos licenciados o taxistas y tuvimos que conformarnos, si bien nos fue, con una liga amateur los sábados por la tarde o con remedos de futbol en canchas de 7vs7 al llegar a los 40.
Como consecuencia de lo anterior todos los futbolistas profesionales nos provocan una dosis de envidia, y según su capacidad y talento ésta puede ser apenas perceptible o francamente enfermiza.
Paradójicamente el nivel de envidia es inversamente proporcional a la habilidad y el éxito de los jugadores. Y es que mientras personajes como Layún nos hacen pensar que con un poco más de suerte pudimos haber sido futbolistas profesionales, jugadores como Neymar y Benzemá nos reafirman en nuestro papel de oficinistas. Por eso admiramos a estos últimos y detestamos a los primeros.
Uno de los comentarios que más he escuchado sobre Miguel Layún es “hasta yo soy mejor que ese güey”. Puede ser. Sólo que él sí tuvo los huevos para llegar a donde está. Quienes más lo criticamos, obviamente no.










